Hola de nuevo.
En esta entrada inserto un artículo que me parece realmente interesante y que salió publicado hace unos días en el diario ABC:
Jean Claire y la muerte del arte
POR ÁLVARO DELGADO-GAL
EDICIONES Trea ha publicado recientemente un libro (…):
«Malestar en los museos», de Jean Clair,(…) conservador, historiador de arte y
ensayista,(…) trabajó en el Centro Pompidou, fue director del Museo Picasso de
París, y ocupa desde 2008 un asiento en la Académie française.(…)
El libro de Clair
tampoco es un modelo de claridad conceptual. Su autor lo ha compuesto de un
repelón, sulfurado, o encorajinado, por el proyecto de abrir una sucursal del
Louvre en Abu Dabi. (…) Dos son las líneas argumentativas de Jean Clair. De un
lado éste alega(…) que algo se ha corrompido en la gestión museal. Un amante
del arte no podrá satisfacer su pasión visual —por llamarla de alguna manera—
si no se cumplen dos requisitos. El primero, es que las salas del museo no
estén atestadas de gente. El segundo, es la estabilidad de las colecciones.
Cuando las piezas entran y salen al compás de la política de préstamos del
museo, o se recolocan con el propósito de generar novedades que puedan dar
lugar a titulares de prensa, el aficionado se marea. Sucede lo mismo que si nos
obligaran a leer Don Quijote en tipografías cambiantes, y con las páginas estampadas
en colorines. Esos efectos valen para los videojuegos, pero son incompatibles
con la concentración mental que exige el disfrute de una novela o un cuadro.
Pierre Bourdieu señaló, en un estudio clásico de mediados de los sesenta, que
los asistentes regulares al Louvre seguían siendo, más o menos, los de siempre:
gentes cultivadas, procedentes por lo común de familias cultivadas. La
afluencia añadida era ocasional y postiza, fruto, o de la presión docente, o
del turismo. Estamos, sin duda, mucho peor que entonces. La conversión de la
cultura en espectáculo, en évenément, ha convertido a los museos en parques de
atracciones, y expulsado a quienes están en situación de aprovecharlos de
veras. Esto es tristísimo, por cuanto revela que se ha logrado alfabetizar al
ciudadano, aunque no ilustrarlo. Y es irritante, ya que en el desbarajuste
actual desempeña un papel no menor un pacto pardo entre la política, más atenta
a las estadísticas que a la verdad, y la propia gestión museal, que pende de la
financiación pública y acude a los procedimientos expansivos que son
característicos de otras ramas de la administración: atraer fondos gustando a
los políticos. Sobre los últimos, por cierto, obtenemos algunos datos sabrosos
en el libro de Clair. Yo no conocía la opinión que el señor Chirac, padre de la
idea Abu Dabi, atesoraba sobre la civilización romana. Es ésta: «Roma fue una
civilización ocupacional que sometió a otros pueblos, una civilización de tipo
colonial». Ni Bibiana Aído habría ido tan lejos. Ahora les añado una noticia
sobre Sarkozy. En 2007, Yasmina Reza escribió un libro sobre el actual
presidente —L`aube le soir ou la nuit—, hecho a partir de las entrevistas que
con él había mantenido durante su campaña electoral. En cierto instante, Reza pregunta
a Sarkozy qué obra de arte ha influido más en su vida. Y Sarkozy contesta: “El
silencio de los corderos”. Basta comparar estas lindezas con los informes
escrupulosísimos que Napoleón enviaba al Directorio dando detalles sobre su
rapiña en tierras de Italia, para comprender lo que es la decadencia.
Clair no arremete solo contra los gestores de los museos.
Incluye al cabo, en su diatriba, a la propia institución museal, tal como fue
concebida desde su inicio —en el caso de Francia, 1793, año en que se ponen a
disposición del público las colecciones reales—. Aquí aparece su segundo gran
argumento, claramente distinguible del primero. El caso es que Clair parece
haber llegado a la conclusión de que el arte moderno es una aventura fallida, y
el contemporáneo, una broma obscena. Sobre el segundo escribe: «¿Cómo
llamar a esas obras de “arte contemporáneo” que obligatoriamente se ponen en
cualquier exposición de un maestro antiguo, de Hogarth
a Praxíteles? ¿ Appetizers
o relieves? ¿Entremeses o sobras? Son
desechos, el bolo fecal producido por la digestión de siglos de un arte
exquisito». En la misma página, leemos lo siguiente a propósito del
cubismo: «… el cubismo, juzgado como una “revolución” en nuestras latitudes, no
es en otros lugares más que lo que es: un formalismo inofensivo». ¡Esto
lo dice el que, hasta el 2005, ha sido director del Museo Picasso! ¡Como volte-face,
no está mal!
Los dos argumentos, el referido al museo, y el adverso al
arte moderno, concluyen por entrelazarse, aunque Clair divague más de la cuenta
y no acierte siempre a situarnos con precisión en el mapa. Clair vincula la muerte del arte a su desgarramiento de lo sagrado, que
fue el ámbito en que surgió. Aligerado de su dimensión trascendente y un sí
es no es apabullante, este diagnóstico podría resumirse del modo que sigue: la obra de arte no es solo una imagen en
que recrear los ojos, sino un útil espiritual, entiéndase, algo que
encuentra su sentido en contextos socialmente complejos. De ello da muestra la
existencia de los géneros: no es lo mismo pintar un retrato que un cuadro de
historia, ni un cuadro de historia equivale a una representación religiosa.
Ahora bien, el museo, y Clair lo afirma con insistencia, supone la laminación de los
géneros y el reagrupamiento de obras que han sido separadas de su función
original. Por lo mismo, el fracaso del
museo es también el fracaso del arte moderno, es decir, del arte desconectado
de su inserción en otras prácticas humanas. Uno y otro, el museo y el arte
moderno, van, pues, de la mano, y van mal. Se empezó por colocar un desnudo de
Tiziano contiguo a una Crucifixión o una vanitas. Se
empezó por reducir el Tiziano, la Crucifixión , o la vanitas, a meros objetos
bellos. Y corriendo el tiempo se llegó al cubismo, que es «formalismo
inofensivo», inane. A principios del XX, la gran tradición artística de
Occidente estaba liquidada. Éste… es el mensaje definitivo de Clair.
¿Lleva razón el autor? ¿La lleva, al menos, parcialmente?
Concluiré (…) con el curioso episodio Apollinaire/Picasso.
Al morir Apollinaire en 1918, se decidió que Picasso le hiciera un monumento.
Picasso propuso primero como tema una pareja hecha un lío, y de sabor más bien lúbrico. El comité encargado del homenaje a Apollinaire
estimó que la idea era indecente y rechazó el proyecto. La oferta siguiente
(1928) fue un tinglado de alambre y metal, y tampoco pasó el listón. Al final,
lo que se puede ver en la plaza Laurent-Prache es una cabeza de Dora
Maar. Picasso, un gran pintor, no logró lo que habría estado al alcance de
un artista mediocre cien años antes: glosar decorosamente la muerte de un
amigo. No sabemos para qué sirve el arte moderno, y mucho menos aún, el
contemporáneo. A esa conclusión, al menos, parece haber llegado Jean Clair,
perito en la materia.
ÁLVARO DELGADO-GAL
ESCRITOR
Hogarth : N. Londres 1697 grabador, ilustrador
y pintor satírico.
Praxíteles
: N. Atenas ca. 400 a. C. el más renombrado escultor clásico de su tiempo en
Atenas.
Vanitas : designa una categoría
singular de bodegón de alto valor simbólico muy
practicado en el barroco.
Apollinaire : (Guillaume) N. Roma
1880. Poeta, novelista y ensayista francés.
Lúbrico: Libidinoso, lascivo.
Dora Maar : N.1907. Fotógrafa, pintora y escultora francesa. Fue
amante de Picasso.
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